Diseño y consentimiento

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Tres nombres, una estrategia

Hace un siglo, tres hombres describieron con precisión cómo puede manipularse la percepción de cualquier tipo de realidad (económica, histórica política):

Walter Lippman

Lippman (1889-1974) fue periodista (ganó el Pulitzer en dos ocasiones), académico, y asesor político de los presidentes norteamericanos Woodrow Wilson y Lyndon Johnson).

Tras la Primera Guerra Mundial, descubrió que la gente no responde a la realidad, sino a la imagen de la realidad que tienen en la cabeza. Y esa imagen es configurada por los medios masivos de información. A esa imagen modelada por los mass media Lippman la llamó  “pseudoentorno” o “pseudoambiente”. Quien controla la imagen, controla a la persona.

Lippman acuñó también el sintagma que designa esa estratagema: “fabricación del consentimiento” (manufacture of consent); es decir, la opinión pública se construye y diseña a partir de estereotipos que ofrecen una versión parcial (siempre interesada) de determinados hechos.

Edward Bernays

Bernays fue… ¡sobrino de Sigmund Freud!, y padre de lo que hoy conocemos como “relaciones públicas”. Bernays tomó las ideas de su célebre tío sobre el inconsciente y las convirtió en un negocio para sus clientes entre los que se contaban gobiernos, corporaciones  y políticos.

Basten dos ejemplos: como dueño de periódicos y de estaciones de radio, Bernays consiguió que las mujeres estadounidenses fumaran cigarrillos vinculándolos al movimiento sufragista (1929); ayudó también a la empresa United Fruit Company a difundir noticias falsas que llevaron al derrocamiento del gobierno de Jacobo Arbenz en Guatemala.

Su enfoque era sencillo: no apelar a la razón de las personas, sino a sus deseos, a sus miedos y a sus identidades mediante lo que llamó (en clara alusión a Lippman) “ingeniería del consentimiento” (engineering of consent).

Bernays escribió un libro titulado Propaganda donde contó sin subterfugios a todo el mundo exactamente lo que estaba haciendo y los estudios que lo respaldaban.

Jacques-Alain Miller ha denunciado cómo Bernays puso la teoría psicoanalítica al servicio del mercado instando a la estandarización del deseo (con fines de consumo), y desvirtuando el carácter singular del deseo (que busca liberar al sujeto).

Harold Lasswell

Lasswell fue uno de los padres fundadores de la ciencia política. Dedicó su tesis doctoral a estudiar la propaganda en tiempos bélicos (Propaganda Technique in the World War) y demostró que no es necesario convencer a la gente con hechos; basta con vincular las ideas a las emociones con suficiente fuerza para que la convicción surja por sí sola.

Así, el término propaganda define la manipulación ideológica de una percepción específica de la realidad que busca influir las opiniones o acciones de personas o grupos para lograr fines políticos predeterminados.

Crítica de la razón espuria

Los procesos de dominación propios de toda sociedad disciplinaria deben tener en la actitud crítica su contrapeso. Debemos a Michel Foucault la elucidación de que en la obra de Immanuel Kant nacen y se bifurcan dos tradiciones críticas: la que estudia las condiciones de posibilidad para un conocimiento verdadero, y la que reflexiona sobre la actualidad desde una “ontología de nosotros mismos”.

Para Foucault, el arte de conseguir no ser gobernado de una determinada manera define la actitud crítica. De ahí se deduce la necesaria certidumbre de que el ejercicio de toda autoridad implica una estricta auditoría de la misma. Por lo que si la autoridad no admitiera crítica, perdería su derecho a ejercer como tal.

Bien se ve que las teorías de Lippman, Bernays y Lasswell sólo tienen recorrido con sujetos dóciles y acríticos. Kant decía que la minoría de edad designa la incapacidad (por pereza o por cobardía) de usar la propia razón sin la guía de nadie más. Sapere aude (“atrévete a saber”) es la proclama que invita a tener el coraje de inteligir, declarar y proceder en nombre de uno mismo.

Conclusión

Por razones fácilmente inferibles, es claro que hoy vivimos en el mundo de Bernays, Lippman y Lasswell; no en el de Kant. Y precisamente por ello, la filosofía crítica es más necesaria que nunca.

El pseudoentorno está construido por un algoritmo que conoce nuestros miedos, nuestras inseguridades y pulsiones mejor que nosotros mismos. Los grandes oligopolios están llevando adelante y de forma simultánea una estrategia común: la manufactura o ingeniería del consentimiento, para convertirnos en el producto y en el mercado consumidor de ese mismo producto (en una suerte de autofagia diseminante).

Toda forma de poder busca el asentimiento de los gobernados, su renuncia a las técnicas reflexivas; para así desembocar en la resignación ante lo que coerciona y atenaza, llegando al punto en que razonar puede convertirse en un riesgo. Un espléndido ejemplo de esto es Manía, la novela distópica de Lionel Shriver donde se decreta e impone la “paridad mental”. Recuérdese a Dostoyevski: “llegará un día en que la tolerancia será tan intensa que se prohibirá pensar a los inteligentes para no molestar a los imbéciles”.

Es esa la díada que toda actitud crítica analiza: el poder, y las condiciones para el uso de la razón. Y es que existe el poder de la razón pero ¿también su viceversa?. En el exceso de poder, ¿figura aún la razón?

Decía Kant que “hay un uso público de la razón, y ese uso no debe limitarse”. Habrá que estar dispuestos a sostener el deseo de saber aún con el precio que implica el horror de saber. De otra manera, avalaríamos lo que –según vaticinó Bertrand Russell– está esperando suceder: que los fascistas cautiven primero a los tontos para después amordazar a los inteligentes.

   

Alfonso Herrera

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