La doble inscripción de un aforismo
“Vacía tus bolsillos en tu mente, y tu mente llenará tus bolsillos”. Esta máxima atribuida a Benjamin Franklin opera como una metáfora de lo que es el capital simbólico: se trata de un saber que se adquiere por la renuncia a la posesión, y que puede transformarse en un bien material. Como si la plusvalía ya residiera en la causa de lo que a la postre será un beneficio tangible.
Dicho de otra manera: B. Franklin alude a la conversión de un tipo de capital (momentáneamente ausente) en otro (por advenir), mediante una operación subjetiva: deconstruir la intención de poseer crea las condiciones de posibilidad para una recepción efectiva y concreta.
“Mano ocupada, mano perdida” es otra forma de sugerir que lo que se tiene obtura el arribo de lo que advendría sólo si un espacio determinado se libera. La mano perdida se recupera en la pérdida.
La puerta y el gesto
Esta inversión (donde un activo psíquico genera otro activo de orden material) encuentra una formulación precisa en la siguiente metáfora: una puerta que se “abre hacia fuera” —mimando el afán de tomar, presente en toda demanda— evidencia la contradicción de rechazar aquello que se pretende asir (dado que el movimiento de salida interfiere y colisiona con lo que afuera esperaba). En cambio, una puerta que “abre hacia dentro” instituye un gesto de hospitalidad (que al disponer un espacio para que algo advenga, no persigue ni repele).
Esta diferencia en la dirección del movimiento no es meramente espacial, pues apunta al núcleo de la economía del deseo . El “abrir hacia dentro” designa la disposición de no asediar al objeto, ofreciendo un vacío que haga posible la recepción.
El vacío como estructura y no como carencia
Desde una perspectiva psicoanalítica, esta inversión (en su doble sentido, económico y espacial) pone en juego el estatuto del vacío. Jacques Lacan sostenía que el deseo no es un impulso hacia un objeto que lo colmaría sino la relación con un vacío, con una falta constitutiva que no puede ser suplida por objeto empírico alguno.
El movimiento de “vaciar la mente”, más que un ejercicio ascético de renuncia, es el reconocimiento de esa condición estructural. La tentativa de “llenar” el vacío mediante la acumulación –de saber, de objetos– obtura la dinámica misma del deseo (sin resolver la tensión subjetiva).
En esta línea (y por dar un ejemplo concreto), el “trabajo del duelo” designaría una elaboración que Sigmund Freud sitúa en el centro de la constitución psíquica: consiste en la asunción de una pérdida irreparable que exige ser simbolizada para abrir espacio a nuevos lazos. La melancolía, por el contrario, se caracterizaría por la fijación al objeto perdido, imposibilitando esa apertura.
Deseo y objeto
La metáfora geométrica del “vacío” no es meramente ilustrativa. En la obra de Gaston Bachelard (particularmente en su Poética del espacio) la noción de “intimidad” no se define por la acumulación de contenido en un espacio cerrado sino por la resonancia que se produce en los intersticios, en los vacíos que la configuración arquitectónica posibilita.
Análogamente, la vida psíquica requiere de “espacios vacíos” cuya función de hospitalidad simbólica propicia que un acontecimiento advenga (a la manera en que el desalojo de una certeza posibilita que una pregunta surja).
La antinomia aparente entre la ética de la acumulación (B. Franklin) y una ética del vacío (asociada a ciertas tradiciones del pensamiento oriental) se resuelve si se las piensa como dos economías del deseo con diferentes destinos del objeto.
En la primera, el objeto (saber, riqueza) es concebido como un bien a poseer; se trata de una lógica de la propiedad que tiende al equilibrio de la satisfacción (siempre momentánea) y… al estancamiento. En la segunda, el objeto surge de la pérdida que lo hace posible; en este contexto, el “desapego” no define una actitud moral sino una posición subjetiva donde la dinámica del deseo no se traba en la posesión.
La reflexión que Maurice Blanchot hiciera sobre la escritura ilustra esta operatoria: la palabra no se sostiene por su presencia plena sino por el silencio que la funda y la interrumpe. El lapsus, la pausa o el intersticio no son fallas del lenguaje sino las condiciones de posibilidad para decir algo nuevo.
De igual modo, la intervención analítica opera por la transmisión de un contenido pero también por la creación de un vacío en el discurso del analizante. Es decir, la interpretación —que apunta a la falta— permite la emergencia de una verdad singular.
Conclusión: la productividad del vacío
La “ley del hueco” que aquí se propone es la condición de emergencia de lo, hasta entonces, no acontecido. Tanto en la economía libidinal como en la pecuniaria, el gesto de “abrir hacia dentro” —suspendiendo la demanda de llenado— instaura el espacio vacío (la falta, en estricto) que causa el acontecimiento.
En lo sentimental, Pablo Neruda llevó al extremo esta paradoja: Para que nada nos separe, que nada nos una. La trampa es de orden retórico, y se evidencia en que se trata de una declaración sin viceversa (“para que nada nos una…”, que lleva a un aserto insostenible). Lo cierto es que tenerlo todo no puede no incluir la falta.
Alfonso Herrera