Taxomanía sexual

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Todo cabe en un diagnóstico sabiéndolo acomodar

A lo largo de la historia, en los textos que se han ocupado de la homosexualidad se ha debatido si se trataba de una variante intergenérica, de hermafroditismo psíquico o de un tercer sexo; si se estaba ante una inversión interior (que encontrara causa en una enfermedad nerviosa o en una degeneración neurológica) ora ingénita, ora congénita; o bien, si debía postularse la noción de un deseo sexual contrario devenido sexo intermedio (lo que llevaría a inferir una alteración psicopática de la personalidad o una  parafilia), etc. Los extravíos diagnósticos fueron infinitos, como no podía ser de otra manera al haber sido las taxonomías botánicas de Carlos Linneo y Boissier de Sauvages de la Croix los modelos inspiradores.

Como puede inferirse, se precisa de una minuciosidad rigurosa para ordenar un campo fenoménico tan amplio (puesto que hay tantas formas de sexualidad como sujetos). De ahí que se cuenten por miles los constructos discursivos que –es importante recalcarlo– sólo vehiculan relaciones de poder/saber específicas, acordes a los regímenes de verdad imperantes en la época en que cada uno de esos textos fue publicado. Se hace necesario, entonces, desmenuzar las divergencias entre homosexualidad y homoerotismo (en el contexto de la llamada homosocialidad).

¿Patología vs. Normalidad?

Que lo inconsciente es del orden de lo no advenido tiene causa en el fracaso de la cultura y la naturaleza cuando de definir las relaciones del sujeto con el Otro se trata. El psicoanálisis ha evidenciado que sabemos menos de la relación entre sujetos que del vínculo entre el sujeto y sus objetos (de deseo o de goce). Así, toda desviación existe por cuanto una supuesta normalidad es nombrada y sancionada como tal (de las teorías psicoanalíticas y queer, focos de subversiva resistencia, a la normalización política y jurídica; de la disciplinarización de los cuerpos (somatocracia o biopoder, en términos de Foucault), al reconocimiento –otra forma de tolerancia– de las particularidades que claman por ser reivindicadas.

Y es que lo axial en esta materia –nunca sobrará enfatizarlo– se juega menos en la reinserción identitaria a la que el sujeto se resigna, que en la singularidad del deseo donde el sujeto se reasigna. Afinar semblantes sólo conduce a la frivolidad cosmética, mientras que asumir responsabilidades implica una gravedad ética. Dicho de otra manera: la compulsión a la heteronormatividad y el retorno de la eroticidad –en su inacabable despliegue– son una y la misma cosa. Para balizar las opciones posibles que el campo del deseo ofrece, desde Lacan parece adecuado no hablar más de homosexualidad ni de homoeroticidad (con sus correlativos hetero… y bi…), sino de homosexuación, bisexuación y heterosexuación.

Y si en el extrarradio de la psicosis, en vez de preguntar “¿qué les falta a los psicóticos para ser como nosotros?”, debería inquirirse, dice Jacques-Alain Miller, “¿qué nos falta a nosotros para ser como ellos?”, de la misma manera puede cuestionarse desde la heteronormatividad ¿qué haría falta para ser como ellos (los homoeróticos)? El ellos y nosotros refuerza, evidentemente, los consabidos binarios normal/ anormal, rectitud/ anomalía, pero el objetivo al invertir la interrogación es hacer evidente que la falta está en todas partes… o en ninguna.

Taxonomizar la preferencia

En la típica tripartición (demasiado gruesa para ser precisa) entre la condición genital, la preferencia de objeto y el posicionamiento psíquico, hay un interregno inmenso entre el segundo y el tercer anillo. Es verdad que una preferencia sexual hetero se matiza cuando la sexuación es homoerótica. Pero cuando la preferencia sexual y el dispositivo sexuacional coinciden (en su vertiente hetero, por ejemplo), eso no impide al sujeto explorar, reivindicar, desear y gozar a nivel homo (en sus variantes sexual y erótica) un haz infinito de experiencias que, lejos de anular la frontera entre la preferencia sexual y el posicionamiento sexuacional, simplemente amplían el espectro abarcativo de lo inconsciente dotándolo de especificidades más finas.

Si radicalizamos esta postura, quizá se concluyera la conveniencia de suprimir los términos homosexuación y heterosexuación (apenas los habíamos reivindicado y ya podemos descartarlos), bastando con hablar de bisexuación, pues la disposición psíquica inconsciente en lo que al deseo se refiere, se reduce a una relación porcentual: así, en cada sujeto, el posicionamiento psíquico inconsciente sería invariablemente bisexuacional, escorándose hacia lo hetero o hacia lo homo en función de gravitaciones siempre mudables: una relación 50/50% sería la proporción bisexuacional más manifiesta  como la relación 99/1 % la más sutil (los puntos decimales sólo afinarían un argumento que perduraría inalterado).

Un sujeto genitalmente masculino que en términos de preferencia fuera heteroerótico pero sexuacionalmente posicionado del lado mujer, podría escoger a una compañera sexuacionalmente hetero, asimismo posicionada del lado mujer. De este modo, los respectivos emplazamientos inconscientes convergerían en una pareja homoerótica, lo cual no impediría que cada uno ejerciera (sexuacionalmente) sus querencias hetero con todos aquellos amigos o amigas straight  cuyo posicionamiento psíquico fuera masculino. Es decir, en términos sexuacionales (y eso abarca elecciones psíquicas inconscientes pero también tendencias infinitamente más sutiles tales como inclinaciones, preferencias, simpatías, sesgos y propensiones, así como predilecciones, parcialidades deseantes, apegos, disposiciones orientativas y proclividades), o todas las opciones son legítimas o ninguna lo es.

Plasticidad

Se nos objetará que a pesar de que Freud concibió en principio la disposición bisexual de los sujetos, muy pronto rehusó transferir al campo psíquico lo pesquisado sobre el hermafroditismo anatómico. No obstante, luego de cuatro décadas de reflexión, dictaminaría que el asunto perduraba como enigma confiando en que futuras elucidaciones esclarecerían la cuestión.

Aunque no siempre se advierta, es de las teorías queer y psicoanalítica que Catherine Malabou ha abrevado para colocar la noción de plasticidad en el centro de la reflexión filosófica actual, término idóneo para designar la maleabilidad de los conceptos con las que ambas teorías han intentado capturar la fenoménica homoerótica. Invertido, maricón, afeminado, marisco, floripondio, joto, gay, mariposón, mayate pero también marimacha o tortillera, son categorías que fracasan al aprehender a un sujeto que en el despliegue mismo de su sexualidad y/o de su sexuación se posiciona respecto a la singularidad de su goce o de su deseo. Dicho de otra manera, aún identificándose a alguno de los antemencionados (gay, por ejemplo), ningún significante representaría a cabalidad al sujeto en términos de su inconculcable modo de gozar, amar o desear.

Siendo opinable todo lo antedicho, no lo es la muy necesaria ontología crítica que este tiempo atroz exige.

Alfonso Herrera

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