Hay ficción en todo enunciado donde la expresión como si (explícita o implícita) comanda el sentido.
Por ejemplo, decirle a un amigo entrañable “te quiero como si fueras mi hermano” alude a la calidad de un vínculo donde lo fraternal es de carácter metafórico, ficticio.
Simular y disimular son asimismo dos variantes de la mendacidad donde el “como si” vertebra la significación: simular es hacer como si se tuviera lo que no se tiene, y disimular es hacer como si no se tuviera lo que sí se tiene.
Platón consideraba a la ficción como una especie de simulacro distante de la verdad. Aristóteles vio en la ficción atributos ligados a la poética pero no a la epistemología. Y desde Descartes hasta Kant la ficción fue un recurso metodológico ocasional (vía la hipótesis ficticia) pero no un concepto filosófico axial.
El propósito de este breve escrito es destacar el estatuto que la ficción alcanza en las obras de Jeremy Bentham y de Hans Vaihinger, quienes la consideran una categoría filosófica fundamental, útil para sistematizar cuestiones relativas al Derecho, la epistemología, la moral y la política.
Bentham: la ficción como instrumento crítico / Ontología del lenguaje
Bentham desarrolló una teoría crítica de las ficciones, a las que calificó de fantasmas del lenguaje. Las consideró útiles desde el punto de vista crítico e instrumental para –por ejemplo– maximizar el placer y minimizar el dolor.
El Derecho es un vehículo idóneo para ejemplificar lo anterior: para Bentham, el lenguaje jurídico opera en base a ficciones tales como “derecho”, “obligación”, “propiedad”, “soberanía”, etc. Si el legislador no evita hipostasiarlas (es decir, si olvida que son ficciones y las trata como entidades reales), dejará de lado lo esencial que es determinar si tal o cual aplicación de la norma aumenta el placer de las personas o disminuye su dolor, puesto que el sentido útil de una ficción jurídica debe encaminarse a viabilizar las condiciones de felicidad posible.
Con este criterio, la “seguridad” dejaría de ser una entidad abstracta y definiría entonces una fuente de placer real: la certeza de que los bienes que tanto esfuerzo han implicado están protegidos por el “estado de derecho” (otra ficción jurídica que debe ser útil) redundará en tranquilidad, en sentido de justicia y equidad para los sujetos. Por lo tanto, aquellas ficciones jurídicas que no sean útiles para la consecución de la felicidad, deberían ser eliminadas o reformuladas, según Bentham.
En resumen, la aportación de Bentham es triple: desnaturalizar las categorías jurídicas mostrando su carácter científico, establecer un criterio de utilidad en la evaluación de las ficciones, y hacer de las ficciones una herramienta de reforma social.
Hans Vaihinger: la ficción como medio de acceso al conocimiento
La ficción que el como si expresa, hizo que Vaihinger titulara su principal obra justamente así: La filosofía del como si [Als Ob]. Escrito originalmente en alemán y publicado en 1911, ese libro propone una inversión radical del modo en que entendemos el conocimiento.
La tesis central es provocadora, sugerente: la psique, lejos de aprehender la realidad tal cual es, opera mediante un entramado de ficciones que no pretende adecuarse a la verdad objetiva sino fungir como una caja de herramientas prácticas para orientarse en el mundo.
Vaihinger afirma que todo sujeto, antes que buscar la verdad está interesado, sencillamente, en sobrevivir. Para ese fin, desarrolla “ficciones”; es decir, representaciones conscientemente falsas, contradictorias o indemostrables pero que se manejan como si fueran verdaderas por su enorme utilidad para acometer la realidad y organizar la experiencia.
En ese sentido, una ficción puede ser operativa o no operativa: cuando imaginar y creer permite accionar, obteniendo al final lo que se deseaba, se concluye que la ficción inicial fue plenamente operativa; cuando, por el contrario, un anhelo (en cuya consecución no se cree del todo) termina en frustración, se infiere que la ficción inicial se reveló inoperativa.
Vaihinger distingue rigurosamente las ficciones de las hipótesis. Mientras que una hipótesis aspira a ser verificada y sustituida por una verdad ya ratificada, la ficción opera como un recurso que se sabe irreal por su estatus de construcción subjetiva pero que no por eso deja de ser eficaz en la obtención de un conocimiento objetivo.
Los ejemplos que Vaihinger despliega son elocuentes: el átomo de la física clásica era entonces (1911) una ficción práctica que permitía calcular fenómenos concretos, aunque nadie hubiera visto jamás un átomo. Es evidente que la física contemporánea ha desarrollado instrumentos (como el microscopio de efecto túnel inventado en 1981, setenta años después de Als Ob) que a partir de interacciones cuánticas permiten hoy día obtener imágenes de superficies atómicas. La nanotecnología hace posible las manipulación de átomos individuales y ha confirmado su estructura interna (núcleo, electrones, quarks). Pero todo esto no invalida a Vaihinger pues el átomo fue durante mucho tiempo una entidad explicativa gracias a su carácter ficcional, cuyo lugar podría ser tomado hoy por los quarks (que aún no son observables), las cuerdas de la teoría de cuerdas, los campos cuánticos, las partículas virtuales, la materia oscura, el multiverso, etc.
Lo que hace singular a Vaihinger es su honestidad epistemológica: no equipara lo útil con lo verdadero, no confunde verdad con ficción. Sólo postula que la moral y el Derecho, por ejemplo, no son espejos de realidad sino sistemas ficcionales regulados. Por eso advierte el riesgo que una hipóstasis representa, es decir, olvidar el carácter ficticio de una construcción para tomarla por realidad sustancial.
En su tiempo, la filosofía de Vaihinger tomaba de Kant la idea de que el entendimiento impone formas a la realidad pero aclarando que las ficciones son meros instrumentos heurísticos sujetos a verificación.
Ficciones jurídicas
Algunas diferencias teóricas separan a Bentham y Vaihinger: mientras el primero buscó domesticar las ficciones sometiéndolas al principio de utilidad, el segundo quiso reivindicar la ficción como operación racional. Ambos coinciden, sin embargo, en que es fundamental usar las ficciones con la conciencia de que no pueden ser tomadas como algo real, y tampoco ser homologadas al engaño, al error o a la mentira.
Como ya se había mencionado, las tesis de Bentham y de Vaihinger tienen una expresión nítida en el campo del Derecho, donde las ficciones jurídicas son recursos que el ordenamiento utiliza a sabiendas de su falsedad factual pero que son tratadas como si fueran verdaderas para hacer así operativo el sistema legal.
En esencia, una ficción jurídica es un procedimiento técnico mediante el cual se declara como cierto algo, aunque la realidad diga lo contrario. Por ejemplo: “el hijo nacido antes del matrimonio se considera concebido después de las nupcias”, donde una imposibilidad factual de orden biológico se adopta como si no lo fuera para así legitimar efectos hereditarios.
La ficción jurídica es una desviación consciente, deliberada, de la realidad: el legislador o el juez saben que lo que declaran no es un hecho sino una ficción de utilidad práctica innegable que evita lagunas, restituye (o instituye) derechos y permite la continuidad normativa.
De este modo se habla de “persona moral” o “persona jurídica” aunque ninguna empresa tiene voluntad psicológica ni cuerpo biológico; no obstante, la ficción jurídica considera que los bienes ahí amparados no pertenecen a persona física alguna sino a la empresa misma.
Pero hay un ejemplo fascinante del ficción jurídica que ilustra muy bien los alcances de una construcción y sus efectos de realidad: la estructura de la ficción de suspensión temporal (o interrupción de la prescripción, restitutio in integrum o forza maggiore) que genera “un paréntesis de impunidad”. Cuando un evento extraordinario impide que las partes cumplan sus obligaciones, el Derecho opera decretando que el tiempo transcurrido durante la suspensión causada por el evento “no cuenta” o “no se tiene por transcurrido”. En términos del cómputo original, ese lapso desaparece para efectos jurídicos.
En estos casos, la ficción no es arbitraria porque considera las condiciones que imposibilitaron el cumplimiento de las partes, la imprevisibilidad del evento, y la necesaria restitución de los márgenes de maniobra que las partes hubieran tenido de no haber tenido lugar el acontecimiento imponderable. De esta manera el Derecho otorga certeza y estabilidad evitando que el sistema normativo colapse.
Bien se ve que asumir un enfoque ficcional de nuestro conocimiento científico y de nuestro marco jurídico exige distinguir la ficción de la mentira. En términos jurídicos, no obstante, la ley no puede cambiar la realidad sino a través de la ficción. Es por eso que operar mediante ficciones equivale a razonar utilizando analogías: en ambos casos se tratan casos que no son iguales como si lo fueran. Y es aquí donde viene a cuento citar la ficción jurídica por excelencia: la igualdad ante la ley. Todos sabemos que unos son más iguales que otros pero ocultar las desigualdades fácticas permite que el pacto social y la presunción de equidad mantenga su estatuto imaginario.
Más allá de Bentham y Vaihinger: Lacan, Derrida, Foucault
Para autores como Michel Foucault, Jacques Derrida y Jacques Lacan, la ficción va más allá de ser un instrumento crítico. Señalan que la pretensión filosófica de decir la verdad última sobre las ficciones implica otra ficción. Es decir: la distancia crítica que posibilitaría decir “esto es una ficción” se ve anulada por el hecho mismo de que el lenguaje implica una construcción ficticia en sí misma, que no puede escapar a la estructura que pretende denunciar.
Para Foucault, la filosofía no es un dispositivo exterior a aquello que analiza. El régimen de verdad de cada época actúa desde códigos de exclusión y legitimación que condicionan toda lectura sobre lo que es (o no es) una ficción o sobre lo que puede calificarse como verdadero.
Para Derrida, no hay metalenguaje (es decir, un lenguaje que pueda hablar desde una exterioridad ajena a la estructura del lenguaje mismo). No hay verdad última –sobre absolutamente nada– que no esté determinada por la estructura que pretende describir, fingiendo que se sustrae a ella. Así, decir lo que una ficción es, implica postular…otra ficción.
Para Lacan no se trata de decir la verdad sobre algo (las ficciones, por ejemplo), sino de operar en el registro de lo real que escapa al saber. Por lo tanto, si una ficción permite acceder a un saber, el sujeto se alejará de la verdad; y si la ficción conduce a una verdad, el sujeto no lo sabrá nunca. Recuérdese que la verdad y el saber muerden siempre desde lados contrarios.
De la ficción a la fixión
En lengua inglesa, fiction y fix comparten una raíz etimológica: el latín fingere (modelar, fingir, inventar). De fingere derivan fiction (lo modelado, lo inventado); y fixus (participio de figere, clavar, fijar).
Si partimos de esta genealogía, de esta filología, tenemos que una ficción puede nacer como herramienta fluida (cuando se es consciente de su artificialidad) pero puede derivar en fixión cuando se coagula (olvidando su carácter ficticio), y se instala como realidad inamovible; como algo que ya nada arregla (to fix) sino que sólo fija (to fix), petrifica y anquilosa. El riesgo es la hipóstasis que aconsejan evitar tanto Bentham como Vaihinger, esto es el error de tomar las ficciones como entidades reales.
La arqueología y la genealogía que como métodos de procedimiento propone Foucault, son modos de anti-fixión. Lo mismo vale para los conceptos de iterabilidad, deconstrucción o différance de Derrida, que buscan evitar la coagulación del sentido. Para Lacan el sinthome, el decir a medias, la metonimia del deseo, la creación de nuevos significantes comando desde la singularidad del sujeto, implican asimismo vías de escape ante ese anquilosamiento que fija.
Se trata, entonces, de someter las ficciones al criterio de utilidad (Bentham); de no hipostasiar la conciencia que el como si implica (Vaihinger); de mostrar la contingencia histórica de toda verdad última (Foucault); de mostrar que todo lo que aparece como fijo e inamovible siempre puede ser deconstruido (Derrida); de trabajar con el sujeto como entidad ficticia siempre abierta, nunca clausurada y –mucho menos– cancelada por destino alguno (Lacan).
Alfonso Herrera