El discurso del odio

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Ya concluido el mes del amor y la amistad, conviene reflexionar sobre lo que sitia y asedia nuestras mejores y más nobles intenciones. Si el amor es lo único que salva y es más necesario que nunca, es porque hay fuerzas que sin reparo ni descanso lo amenazan. Y nada de esto sucede por azar ni mal fario sino por razones estructurales. 

Un libro injustamente olvidado analiza en detalle lo anterior, y a él dedicamos el comentario de este texto.

André Glucksmann. El discurso del odio (2005).

En la obertura de su libro, André Glucksmann señala un hecho capital: a pesar de su previsibilidad, cada vez que aparece el odio nos sorprende (cuando lo verdaderamente extraordinario sería que no apareciese). Y explica –como Freud y Lacan lo habían postulado ya– que aniquilar es una pasión: “el odio acusa sin saber. El odio juzga sin escuchar. El odio condena a la medida de su deseo […] Acorazado en su resentimiento, zanja el asunto con una dentellada arbitraria y soberana”.  

Es en la guerra y en el terrorismo donde el odio encuentra la impunidad necesaria para que sus perpetradores no rindan cuenta de sus actos, pues nada disimula  más la voluntad de aniquilar que hacerlo en nombre de una causa superior. No olvidemos que los gobernantes de siete potencias (léase naciones) tienen hoy la potestad nuclear de terminar con la aventura de lo humano. Y nos harán saber siempre que haga falta que la humanidad sigue existiendo gracias a que ellos consienten permitirlo. 

Cada vez que se anuncia el “fin de la guerra” sólo significa el fin de esa o de aquella guerra. Glucksmann diferencia entre las guerras convencionales (conflictos entre Estados con ejércitos uniformados), y ataques terroristas (donde un Estado combate a grupos armados sin vertebración institucional clara, que atacan a poblaciones desarmadas).

La filosofía y la literatura nos ha proveído de múltiples términos para definir ese odio primal que nos habita y carcome: “Menis  –cólera de Aquiles–, mania –locura furiosa de Áyax–, jolos –rabia dolorosa de Electra–”, dice Glucksmann. Y a continuación hace un recorrido por obras clásicas griegas que representan bien la inclinación a destruir por destruir. Un pasaje de Medea lo ilustra puntualmente: ¡Oh, odio, condúceme, te sigo!.

Cólera y crueldad son características de lo humano. Ningún otro ser vivo es capaz de ambas cosas. No hay animal que por venganza y odio haga comer a un hermano la carne de sus propios hijos, como Atreo hace con Tiestes en el drama escrito por Séneca. Ninguna bestia brama: Jamás cesará mi furor. Jamás desfallecerá mi rabia de venganza.

Cuando se agotan las palabras (words), se desenvainan las espadas (swords). La masacre deja de ser un medio para convertirse en un fin, dice el libro. Y en ese tenor se analizan a continuación pasajes de San Agustín, Montaigne, Artaud, Shakespeare, Corneille o Racine, entre muchos otros. 

El discurso del odio disecciona también el antisemitismo (la judeofobia), mencionando al pasar la paradoja del antijudaísmo cristiano (¿no era Jesús judío?).  Ese antisemitismo, tan utilizado hoy por los que Glucksmann llama “paleomarxistas que se han quedado sin revolución”, sólo es comparable al antinorteamericanismo profesado por la mayoría de los europeos (aún sabiendo que fueron ellos y sólo ellos quienes provocaron –en menos de 30 años– los mayores cataclismos armados que ha conocido la humanidad; paradójicamente son ahora los que pretenden dar lecciones a sus rescatadores). 

Ya decía Kant en La paz perpetua que “la guerra en sí misma no necesita de ningún motivo en particular; parece tener su raíz en la naturaleza humana”. En cambio la paz no tiene nada de natural: hay que forzarla y construirla. Roma es uno de los ejemplos paradigmáticos: “varias veces saqueada y devastada porque se había convertido en el terreno del conflicto temporal de los espirituales y la apuesta espiritual de los temporales”.  

Dice Glucksmann que “aquellos a los que se odia no tienen excusa” porque han cometido la máxima de las equivocaciones: ¡existir! Y eso aplica para la comunidad judía pero también para el callado holocausto que viven las “vigías del abismo” que son las mujeres. En efecto: invisibilización, degüello, mutilación, confinamiento, mutilación, violencia y persecución definen la realidad cotidiana de millones de ellas. Glucksmann disecciona ese odio milenario a través de innumerables figuras míticas, literarias y filosóficas ligadas a lo femenino.

Por último, el libro analiza las consecuencias éticas de que el odio llegue a constituir una política de Estado donde la duda metódica y el pensamiento crítico sean considerados punibles. El odio se provee ahí de infinitas coartadas donde “la inteligencia y sus límites” sobran. 

El riesgo es vivir en deriva hasta comprender que “el destino es uno mismo en la forma de otro” (Hegel); pero para entonces será demasiado tarde y terminaremos por preguntar: “¿dónde estabas cuando me remataban?”.

En estos tiempos aciagos de reconfiguración internacional, leer a Glucksmann invoca una verdad geopolítica: o tienes un lugar en la mesa, o estás en el menú.

AH

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