Identidades digitales

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La identidad digital se conforma de todo aquello que identifica a una persona, organización o dispositivo electrónico en el ciberespacio: datos de usuario, patrones de navegación, opiniones,  imágenes, transacciones (e incluso nombre, dirección física), etc. Lo interesante es que se pueden tener distintas identidades digitales en función de las múltiples  comunidades que existen.

Que la identidad digital también sea llamada identidad 2.0 ya le confiere cierto aire de espionaje supranacional. En el mismo tenor, los avatares digitales objetivan una fantasía de desdoblamiento y esquicia a la carta.

Las identidades digitales permiten explorar nuevas formas de relación, en primer lugar con la propia persona. Así como al contar un sueño simbolizamos lo imaginario, al dotarnos de un avatar imaginarizamos los símbolos a los que deseamos ser relacionados; no lo decidimos nosotros porque son los demás los que asentirán   –o no– a esa petición (al modo en que un chiste sólo lo es si el otro lo sanciona con su risa como tal).

Así, los atributos o datos que legitiman una identidad son mudables en función de los soportes comunitarios que reconocerán o desconocerán lo que se someta a su consideración. Y aunque la identidad digital no necesariamente coincide con la identidad real, entre ambas existe una mutua correlación, negativa o positiva: la imagen que se proyecta va a favor o en detrimento de la reputación que –de cara a la comunidad destinataria– construye un espectro imaginario.

Así como la realidad es un constructo social, la identidad digital también lo es. De esto se desprende que una realidad identitaria no depende sólo de quien pretende proyectar una imagen determinada, sino también de los modos en que la comunidad interpreta esa información. De hecho, en más de una teoría de la comunicación se afirma que el verdadero autor de un mensaje no es el emisor sino el receptor que –de acuerdo a códigos, canales, idiosincrasias y capacidades decodificantes– actualiza, enfatiza, trastorna o modifica  lo que originalmente se quiso o pretendió expresar.

Desde el momento en que una identidad digital depende de una autenticación, entra en escena un otro que valida o no nuestra petición de ser identificados. No obstante, las medidas de seguridad biométricas han demostrado ser falibles cuando dedos o máscaras de silicona emulan los datos y rasgos de la persona cuya identidad puede ser suplantada o usurpada. Los trolls son otra variante de falso perfil cuyos efectos, sin embargo,  pueden ser lastimosamente reales y verdaderos.

Hay otro tipo de ciberseguridad que va más allá de la que impide la suplantación de una identidad: es la que afecta o reasegura las coordenadas psíquicas que nos determinan. En efecto, la validación digital que dan los likes, por ejemplo, derivan en regocijos o en catástrofes subjetivas según sea el caso. El like que da la vida y el dislike que puede amenazarla (recuérdese uno de los primeros capítulos de Black Mirror), forman parte de nuestro cotidiano digital que, no por ser virtual, deja de tener efectos reales y verdaderos como ya se ha dicho.

En suma: los oligopolios delinean nuestros parámetros de validación social catapultando o sepultando identidades. ¿Cómo hemos devenido siervos de lo que al principio fue concebido como servomecanismo?

AH

  

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