Hace 75 años (1950) Carl G. Jung ya advertía que los descubrimientos de la Física habían trastocado ciertos preceptos de la psicología profunda, si es que –con rigor– distinguimos su línea de pensamiento del psicoanálisis de Sigmund Freud.
Uno de los padres fundadores de la física cuántica (y analizante de Jung), Wolfgang Pauli, había ganado un lustro atrás el premio Nobel de Física (1945). Entre sus tesis fundamentales está la de sugerir que psique y materia están íntimamente conectados.
Lo que estaba en juego era la noción de causalidad. Jung reflexionaba que si en el campo de las ciencias naturales la causalidad es parcialmente verdadera por depender de la estadística, se infiere que la utilidad explicativa del principio causal es necesariamente relativa.
A eso se agrega que la relación entre dos hechos a veces no se esclarece invocando sólo el aspecto causal, haciéndose necesaria otra explicación.
En efecto: el método científico predetermina muchas veces sus respuestas por el modo de plantear las preguntas. Por ejemplo, si se buscan la regularidad de ciertos fenómenos (usando la estadística), necesariamente se descartarán los acontecimientos que no presenten esa regularidad; de lo que no puede deducirse que sean éstos menos importantes que aquéllos (en estricto, sólo son menos frecuentes).
El término acontecimiento se evoca aquí en su sentido estrictamente filosófico: un acontecimiento necesariamente adolece de periodicidad porque es definido como eso que una vez producido no podría reproducirse. Se trata de un hecho singular (no habitual ni recurrente).
A menudo se opone la casualidad a la causalidad creyendo que se apela a una racionalidad desprejuiciada. Pero –se pregunta Jung– lo que llamamos “casualidad”, ¿no se refiere a algo cuya causalidad desconocemos?; lo que no impide que ciertos hechos casuales sean sin causa (acausales). Así, puede haber nexos casuales cuya causalidad permanece desconocida, y casualidades acausales; de la misma manera que ciertos encuentros pueden ser, simple y llanamente, casuales (no todo tiene sentido y no todo es significativo).
El sesgo cognitivo (el prejuicio) radica en suponer que si es poco probable la causalidad, se está ante una simple casualidad; o en asociar indiscriminadamente causalidad con periodicidad, porque los hechos acausales pueden no ser periódicos… aunque sí persistentes. Y son estos fenómenos (los de conexión acausal) los que interesaron a Jung. Los llamó “coincidencias significativas” y los estudió desde una categoría global: la sincronicidad, que define el acontecer simultáneo de dos hechos significativos (porque están vinculados a un sentido que puede ser descifrado), mas no relacionados causalmente. Dicho de otra manera: los fenómenos erráticos también son inteligibles.
El paralelismo entre “dos hechos” puede ilustrarse con la simultaneidad entre dos estados psíquicos distintos, o entre un acontecimiento exterior (objetivo) y un proceso interior (subjetivo) momentáneo pero –sobre todo– preciso y oportuno (lo que los griegos llamaban kairós). En cualquier caso, para Jung la sincronicidad revela una meta de orden inconsciente.
Arthur Schopenhauer decía que lo que llamamos azar refiere a una simultaneidad sin relación causal. Es decir, hay azares que la razón dispone y organiza. Así, el vínculo entre fenómenos sincrónicos puede deberse a correspondencias o prefiguraciones, a afinidades electivas que remiten a una disposición inconsciente determinada. Recuérdese que para explicar la sincronía entre mente y cuerpo, Gottfried Leibniz llegó a hablar de armonías prestablecidas en su teoría de las mónadas y de los composibles.
Como puede verse, ninguno de los términos recién evocados podría equipararse a la causa en su sentido científico. Por eso Jung propone ampliar la tríada de la física clásica (tiempo, espacio causalidad), a una tétrada que incorpore el concepto de sincronicidad. El beneficio consistiría en poder abarcar fenómenos cuya recurrencia es inconstante por su carácter contingente pero que revelan un orden acausal.
Asumiendo que nuestra necesidad de control desemboca en ansiedad cuando habitamos espacios intermedios (articulares), se trata entonces de soportar la incertidumbre, de comprender que a veces el efecto precede a la causa, de abordar metódicamente lo improbable, de saber distinguir ocasiones donde el caos no es más que un desorden local que nos muestra las coordenadas de una transición plena de sentido a un orden momentáneamente invisibilizado.
AH