En 1763 Linneo propuso la primera clasificación pretendidamente rigurosa –Genera Borborum – de las enfermedades (esto se conoce menos que su taxonomía botánica). Boissier de Sauvages de la Croix (también botánico) propuso una metódica nosología con 10 clases, 44 órdenes, 315 géneros y 2,400 especies de enfermedad.
En lo relativo a la psicopatología, ha subsistido un vicio de origen (hacer de la taxonomía botánica un modelo) y una aberración: basar los criterios diferenciales en la desviación respecto de un referente arbitrario, lo que constituye –en toda regla– una violencia normativa. Philippe Pinel enriqueció la compulsión clasificatoria de Linneo y de Boissier de Sauvages con una nosografía estricta al proponer una descripción diferencial de cinco cuadros mórbidos específicos: melancolía, demencia, idiotismo, manía con delirio y manía sin delirio. Por su parte, Emil Kraepelin propuso 14 trastornos de la personalidad, sistematizando lo que fungiría como el schibbolet de los psiquiatras.
Hoy día, las distintas versiones del DSM (Diagnostic Statistic Manual) clasifican innumerables cuadros mórbidos, entre los que figuran… los inclasificables y los normópatas.
De lo anterior se deriva una inteligibilidad normativizante que –por dar un ejemplo– los géneros y las sexualidades emergentes buscan cuestionar. El problema es que las designaciones de identidad –lejos de liberar– encorsetan a quienes se creen ahí representados, ya que toda categoría subjetivante se rige por criterios necesariamente generales.
Esta es la paradoja: si la singularidad (el estricto caso por caso) es el reducto donde subsiste cierto margen de resistencia a toda forma de identidad masiva, si lo singular cuestiona el modo en que las ideologías vectorizan nociones dispares (colectividad, autonomía, cohesión, libertad), las categorías aglutinantes –“colectivo LGTBI”, por ejemplo– difuminan la específica singularidad que buscan enfatizar. Pertenecer a un colectivo remarca una particularidad, no una singularidad. Colectividad y autonomía , libertad y cohesión, expresan pares conceptuales antagónicos.
La compulsión a clasificar (los romanos la hubieran llamado furor taxandi ; llamémosle taxomanía) tiene causa en nuestro funcionamiento cerebral: cuando alguien piensa en sí mismo, se activa la corteza prefrontal media. Y la idea que ahí se forma no es efecto de lo que el cerebro va construyendo, sino de las conexiones neuronales que el cerebro va eliminando al paso del tiempo.
De esta manera, el pasado se modificará constantemente desde el presente porque todo se va moldeando de acuerdo a nuestra autopercepción. Los declives cognitivos más comunes (alzheimer, derrame cerebral, párkinson) son manifestaciones extremas de una degradación en proceso, atenuada pero inexorable.
Por eso se dice que las cosas no son como son; las cosas son como somos. La realidad que cada uno percibe es una proyección cerebral: del afuera percibimos lo que desde adentro proyectamos. Llamamos “experiencia sensorial” a un esfuerzo de integración de orden electroquímico. La realidad siempre se capta en diferido.
Cuando los sentidos aportan la información que han recabado, el cerebro afina y decanta su modelo interno de realidad (integrada asimismo toda la información interoperceptiva: sueños, recuerdos, etc.). Y este proceso necesariamente implica analizar, discernir, diferenciar y distinguir. Es claro que el objetico clasificatorio del cerebro se explica por una necesidad económica: segmentar la realidad dosifica la energía necesaria para procesarla.
Una sola frase puede ayudar a especificar estas sutilezas: decir “todos somos diferentes” implica que todos somos iguales… en nuestra diferencia. Aún en la singularidad compartimos particularidades pero la suma de éstas no agota lo singular. En cualquier caso (como afirma J-A Miller) se trata de afirmarse en el coraje de no ser como todo el mundo.
AH