Psicoanálisis de la falta (o cómo operar con el vacío)

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Imaginemos un rompecabezas ya armado donde no parece haber hueco para encajar una pieza más. El problema a resolver es cómo recolocar las piezas existentes para abrir espacios de inserción.

Contra lo que podría suponerse, no se debe razonarse de forma aditiva (“¿dónde puedo añadir una pieza?”), sino de manera sustractiva (“¿cómo puedo desplazar algo para –así– hacer sitio?”). Este procedimiento llamado paradoja de disección demuestra que en lo aparentemente lleno subyace un área vacía, oculta. Bastará con desplazar la completud para localizar el vacío, acumulando espacios residuales mediante ligeras variaciones angulares.

La paradoja de disección es una metáfora expansiva de alcances científicos, literarios y psicoanalíticos, por mencionar sólo algunas de las posibilidades que a continuación intentaré mostrar. En todos los casos,  la aparente plenitud esconde una estructura conformada por vacíos.

Si lo que percibimos como continuo puede esconder espacios (de posibilidad o ausencia), si desplazando lo compacto surge el hueco oculto que un reposicionamiento puede develar, en muchos casos la supuesta totalidad se reduce a un constructo de apariencias.

En la ciencia, Gaston Bachelard enfatiza la importancia de los “obstáculos epistemológicos”, esas zonas saturadas de creencias y prejuicios que bloquean la comprensión. Para Bachelard, el conocimiento no avanza por acumulación sino por sustracción, para así revelar vacíos donde la evidencia de lo real penetre.

Cada concepto científico nace de una operación negativa: se despeja el terreno saturado reorganizando lo que hay para descubrir lo que ahí faltaba… o sobraba (el exceso de certezas, por ejemplo). De lo anterior se desprende que desplazar o resituar componentes, visibiliza lo que de otro modo permanecería oculto.

En psicoanálisis sucede algo similar: reconfigurando la experiencia subjetiva, emerge una óptica nueva. Un ejemplo simple puede ilustrarlo: cuando alguien supone que su principal problema es la inseguridad y la falta de confianza, se le puede demostrar que hay una confianza y una seguridad operando en el seno de la pretendida ausencia de esas emociones: es decir, la persona está absolutamente segura de que la confianza es una de sus carencias, y  tiene una confianza ciega en su propia inseguridad. Al reacomodar las piezas anímicas, aparece un hueco subjetivo colmado de lo que se suponía ausente.

Pensar desde la paradoja de disección subjetiva permite desplazar lo que parece compacto para revelar espacios, o resituar los huecos para hacer surgir lo compacto. En cualquier caso, reposicionarse frente a lo que se da por hecho (lo lleno o lo vacío), abre posibilidades de inserción, de forma y de sentido.

La paradoja de disección también se despliega  –para dar otro ejemplo– al experimentar un luto. En su ensayo Duelo y melancolía (1015), Freud describe cómo el sujeto doliente enfrenta su pérdida retirando lentamente del objeto perdido las catexias libidinales. No se trata de eliminar de golpe el investimiento afectivo, sino de reorganizarlo: el yo se reconfigura retirando presencias saturadas para que el espacio psíquico sea susceptible de ser rehabi(li)tado.

El duelo no consiste en sustituir el objeto perdido, sino en hacer perceptible el hueco que deja. Cada retirada libera un pequeño espacio donde antes sólo había saturación, pues hay duelos que no se superan añadiendo consuelos sino restando presencias.

La melancolía, en cambio, concibe la pérdida como dolorosa plenitud: el objeto muerto permanece incorporado, encarnado. Aquí, el problema no es la pérdida, sino la imposibilidad de reconfigurar lo pleno para descubrir el vacío. Más aún: esa imposibilidad es efecto de que la plenitud de la ausencia ocupa el vacío.

Miguel Hernández lo expresa así, evocando a su hijo muerto:

Todo está lleno de ti

Aunque tu no estás, mis ojos

de ti, de todo, están llenos.

No has nacido sólo a un alba,

sólo a un ocaso no he muerto.

El mundo lleno de ti

y nutrido el cementerio

de mí, por todas las cosas,

de los dos, por todo el pueblo.

En las calles voy dejando

algo que voy recogiendo:

Pedazos de vida mía

perdidos desde muy lejos.

Libre soy en la agonía

y encarcelado me veo

en los radiantes umbrales,

radiantes de nacimientos.

Todo está lleno de mí:

de algo que es tuyo y recuerdo

perdido, pero encontrado

alguna vez, algún tiempo.

Tiempo que se queda atrás

decididamente negro,

indeleblemente rojo,

dorado sobre tu cuerpo.

Todo está lleno de ti,

traspasado de tu pelo:

de algo que no he conseguido

y que busco entre tus huesos.

Lo literario –especialmente en poesía– no se produce por acumulación de frases sino por el ritmo al que se las retira. Maurice Blanchot afirmaba que escribir es entregarse a lo que falta. Cada omisión es, entonces, una zona de resonancia.

AH

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